MEMORIA DE UNA RESIDENCIA

La memoria es una cartografía de nosotros mismos que se dibuja en un papel muy frágil. Nos pertenece. Nos hace únicos. Nos diferencia del otro por lo que podemos recordar o por lo que no podemos retener. Nos iguala por los instantes grabados que compartimos. Este acto de compartir se acrecienta en lugares donde los límites entre lo público y lo privado se confunden. Lugares vividos y recordados donde cada una de sus piedras conserva un trocito de tiempo, de heridas de memoria sin cicatrizar a pesar del olvido. Reflejo de lo que fuimos y somos y que presenta que queremos ser. Este lugar de la memoria se llama iglesia de San Lorenzo.
Sólo se puede respirar en San Lorenzo el mismo aire que respiran los muros, las piedras, los restos de un pasado muy presente. Abrir para mostrar, aprender y comprender. Adentrarme en los más profundo de una cripta para palpar un pedazo de tiempo que se desliza entre mis dedos con la soltura de un pincel preparado para dar sus primeros trazos. Sacar ese pedazo de la oscuridad para darle luz. Descubrir en él una policromía bellísima realizada por el corrosivo y paciente paso del tiempo. Hacerlo convivir junto con el óleo que da color a mi lienzo. Escuchar el murmullo de unas piedras que gritan calladas las tropelías y las bondades de nuestra historia. El arte desprende una luz delicada. Es la máxima expresión y capacidad que tiene el ser humano para ser humano. Destruirlo o dañarlo nos lanza apresuradamente a las tinieblas de la sinrazón. Nuestra obligación es que siga figurando y no dejar que penetre en él el olvido. Todo esto danza alrededor de mi estudio, de mi lugar de trabajo y reflexión de junio de 2018.
Mudé mi taller durante treinta días desde Gante a la capilla-altar de los Serrano y a la sacristía alta de la iglesia de San Lorenzo. Treinta días cargados de encuentros y reencuentros. Encuentros con la memoria de los objetos, con la fragilidad del arte, con las personas que se posicionan para proteger este lugar inmaterial. Y por supuesto, un encuentro con un lugar que no me pertenecía pero que nunca más saldrá de mi vida. Reencuentros con el barrio donde aprendí por primera vez en qué consistía esto del arte. Reencuentros con formas de vivir que me parecían tan lejanas. Sonidos que fueron parte de mí y que han vuelto a surgir. Gentes que entraban y salían y no alcanzaba a reconocer sus identidades pero si su memoria. Gentes que compartieron y comparten voz conmigo y con los que han formado parte de lo que soy. Gentes que en su deambular diario por las calles de este vetusto barrio, hacen parada religiosa en las puertas de la casa del barrio. Una casa que estuvo cerrada demasiado tiempo y que debe quedar abierta para siempre.
Lo más difícil es elegir. Es de osados intentar atrapar un trocito de memoria en un lugar que rebosa de ésta. O ocultar con el título ‘Lo que queda’ mi pretensión de mostrar lo que ya no está. No dejarte embriagar por la sedosa fragancia de misterio de San Lorenzo, resultado de su azarosa estética, parece una tarea compleja. El mayor reto era fijar la mirada en un trozo en blanco de papel mientras detrás de mí se llevaba a cabo la representación del tiempo y de la luz con la banda sonora del silencio. Mirar hacia atrás y ver como en cada momento del día un relieve, una hornacina o una pintura al fresco casi imperceptible por su deterioro se bañaba de un rayo caprichoso de luz, era una tentación casi irreprochable. La luz es caprichosa y el tiempo es ese impostor que te hace creer en la rutina de los días mientras que los instantes que merecen la pena se desvanecen como ese rayo de luz tapado por un nublo despistado. San Lorenzo es de esos lugares donde se te invita a parar, a reposar, a respirar y aprender a mirar. Allí todo se detiene mientras que el mundo en el que vivimos no para de vibrar. Lugares como la iglesia San Lorenzo, mi estudio de los treinta días de junio de 2018 son más necesarios que nunca. Lugares en los que están trazados los recorridos frágiles de la memoria y donde se traza la cartografía a recorrer a partir de lo que queda. Mi memoria de una residencia que nunca olvidaré.

Juanan Soria